Un sueño
El peso de la tabla encima de la cabeza logra espabilar un poco los sentidos.
A tan tempranas horas es difícil pensar, y lo que se piensa nos juega malas pasadas. La línea del horizonte sigue donde ayer, frente a nosotros, tan firme como siempre. Aunque el mundo de uno mismo se desmorone por un momento, mirando fijamente al horizonte consigues mantener los pies en el suelo.
El neopreno es suave pero duro; se resiste como si no quisiera meterse contigo en el agua. Está frío. Al contacto con tu piel notas escalofríos subir por la columna. El recuerdo de una larga caricia aparece de repente en la mente. No la ves, ni está ahí, pero sientes lo que te hizo sentir.
Con la cera vas pintando la superficie de la tabla, cubriendo la zona bien para evitar posibles deslizamientos; otro recuerdo, aunque difuso, concreto y claro, del dibujo de un plan futuro en una servilleta. Otro sentimiento. Seguir pintando la tabla y sonreír al recordar el dibujo.
La tabla en el suelo, esperando. Mover piernas, articulaciones, saltar, estirar. Mover brazos, masajear manos y muñecas. Cuello. Durante el proceso te preparas, miras y te preparas para empezar. De nuevo, de cero. Para hacerlo mejor que ayer.
El mar sigue allí, y allí seguirá cuando te vayas. Eres pequeño en comparación. Pero no sientes miedo. Sólo respeto; sólo tranquilidad por volver. Por fin.
La hora llega. Coger la tabla, atarla, y correr para alcanzar el mar. Al igual que ante una situación nueva, como cuando te sientes al borde de un abismo del que tienes miedo de caer y no saber qué te espera debajo, al igual que cuando esperas el momento de empezar algo nuevo; ese miedo a qué vendrá o que pasará cuando lo hagas. Pero la respuesta es sencilla; siempre hubo solo una: te lanzas.
Correr sobre la arena fría de la mañana, cada vez más húmeda, acercándote al mar. Notas el viento, el mar, la arena, la luz, la respiración, el peso de la tabla. Notas algo crecer. Pero sigues recordando poco a poco a la vez; queriendo olvidar.
Alcanzar el mar, saltar las primeras espumas, lanzar la tabla y tumbarte en ella; empezar a remar. La cabeza sigue girando, torturando, cada vez tienes más recuerdos y menos espacio. Remar con más fuerza, mecida por las primeras olas de la orilla, buscando pasarlas y adentrarte más, mucho más. El mar te moja; saboreas la sal en la boca. Más fuerte, más profundo.
Estás dentro, dejas de remar. Te sientas a esperar. Sólo esperar. El sol empieza a salir, el cielo a iluminarse, pero muy poco a poco. La pereza de los despertares, remoloneando entre sábanas y cariño, sin ganas de alejarse de ello. Otro recuerdo. Menos espacio. Te meces al ritmo de la marea y las corrientes; sólo sigues esperando. Respiras hondo, y piensas. No, para qué. No hace falta. Lo recuerdas perfectamente, cada detalle.
Una ola llega. En el momento preciso, cuando te quedas sin espacio. Te preparas, giras, te tumbas y remas. Con toda la fuerza que no has usado antes, sigues remando. Y te alcanza.
En ese momento, en el que la ola te alcanza y te eleva, en ese segundo preciso, la mente sin espacio al fin respira. No ha explotado, ni olvidado. Pero la ola te ha liberado. Mientras te eleva y te lleva, la cabeza ya no presiona, no duele. Está todo exactamente donde antes, pero sin dolor; sin presión. Ahora es parte de tu respiración, parte de tus células, parte de tu piel, y parte de tu corazón. Por eso no duele. No tiene por qué. Tu cuerpo se ha dado cuenta de que no tiene que doler ni molestar; es parte de ti y de lo que eres. Asimílalo.
Entonces, estando al fin completo con uno mismo, estando íntegro y liberado, la ola te eleva, y la coronas. Ya no hay nada más que impida que subas, ni más que superar. Lo has conseguido.
Diriges tu dirección, y estableces tu camino.
Al cual no habrías llegado sin ser quien realmente eres.Eres lo que vives, lo que decides, lo que quieres, y sobre todo lo que sientes. Lo que vives.
Y eso, ya, no duele.
Eso, ahora, es lo que eres.
Y solamente, ahora es parte de ti, y te acompañará por siempre. Siempre.
A tan tempranas horas es difícil pensar, y lo que se piensa nos juega malas pasadas. La línea del horizonte sigue donde ayer, frente a nosotros, tan firme como siempre. Aunque el mundo de uno mismo se desmorone por un momento, mirando fijamente al horizonte consigues mantener los pies en el suelo.
El neopreno es suave pero duro; se resiste como si no quisiera meterse contigo en el agua. Está frío. Al contacto con tu piel notas escalofríos subir por la columna. El recuerdo de una larga caricia aparece de repente en la mente. No la ves, ni está ahí, pero sientes lo que te hizo sentir.
Con la cera vas pintando la superficie de la tabla, cubriendo la zona bien para evitar posibles deslizamientos; otro recuerdo, aunque difuso, concreto y claro, del dibujo de un plan futuro en una servilleta. Otro sentimiento. Seguir pintando la tabla y sonreír al recordar el dibujo.
La tabla en el suelo, esperando. Mover piernas, articulaciones, saltar, estirar. Mover brazos, masajear manos y muñecas. Cuello. Durante el proceso te preparas, miras y te preparas para empezar. De nuevo, de cero. Para hacerlo mejor que ayer.
El mar sigue allí, y allí seguirá cuando te vayas. Eres pequeño en comparación. Pero no sientes miedo. Sólo respeto; sólo tranquilidad por volver. Por fin.
La hora llega. Coger la tabla, atarla, y correr para alcanzar el mar. Al igual que ante una situación nueva, como cuando te sientes al borde de un abismo del que tienes miedo de caer y no saber qué te espera debajo, al igual que cuando esperas el momento de empezar algo nuevo; ese miedo a qué vendrá o que pasará cuando lo hagas. Pero la respuesta es sencilla; siempre hubo solo una: te lanzas.
Correr sobre la arena fría de la mañana, cada vez más húmeda, acercándote al mar. Notas el viento, el mar, la arena, la luz, la respiración, el peso de la tabla. Notas algo crecer. Pero sigues recordando poco a poco a la vez; queriendo olvidar.
Alcanzar el mar, saltar las primeras espumas, lanzar la tabla y tumbarte en ella; empezar a remar. La cabeza sigue girando, torturando, cada vez tienes más recuerdos y menos espacio. Remar con más fuerza, mecida por las primeras olas de la orilla, buscando pasarlas y adentrarte más, mucho más. El mar te moja; saboreas la sal en la boca. Más fuerte, más profundo.
Estás dentro, dejas de remar. Te sientas a esperar. Sólo esperar. El sol empieza a salir, el cielo a iluminarse, pero muy poco a poco. La pereza de los despertares, remoloneando entre sábanas y cariño, sin ganas de alejarse de ello. Otro recuerdo. Menos espacio. Te meces al ritmo de la marea y las corrientes; sólo sigues esperando. Respiras hondo, y piensas. No, para qué. No hace falta. Lo recuerdas perfectamente, cada detalle.
Una ola llega. En el momento preciso, cuando te quedas sin espacio. Te preparas, giras, te tumbas y remas. Con toda la fuerza que no has usado antes, sigues remando. Y te alcanza.
En ese momento, en el que la ola te alcanza y te eleva, en ese segundo preciso, la mente sin espacio al fin respira. No ha explotado, ni olvidado. Pero la ola te ha liberado. Mientras te eleva y te lleva, la cabeza ya no presiona, no duele. Está todo exactamente donde antes, pero sin dolor; sin presión. Ahora es parte de tu respiración, parte de tus células, parte de tu piel, y parte de tu corazón. Por eso no duele. No tiene por qué. Tu cuerpo se ha dado cuenta de que no tiene que doler ni molestar; es parte de ti y de lo que eres. Asimílalo.
Entonces, estando al fin completo con uno mismo, estando íntegro y liberado, la ola te eleva, y la coronas. Ya no hay nada más que impida que subas, ni más que superar. Lo has conseguido.
Diriges tu dirección, y estableces tu camino.
Al cual no habrías llegado sin ser quien realmente eres.Eres lo que vives, lo que decides, lo que quieres, y sobre todo lo que sientes. Lo que vives.
Y eso, ya, no duele.
Eso, ahora, es lo que eres.
Y solamente, ahora es parte de ti, y te acompañará por siempre. Siempre.

Comentarios
Publicar un comentario